lunes, 12 de mayo de 2008

EN BUSCA DE UN DESCANSO

    
 
Cruzar la Palombera se le hacía siempre difícil a Quirce, pero en esta ocasión, se agravaba debido a las condiciones climáticas. Se entretuvo demasiado en el valle, descargando dos palets de mármol rosa para un maestro de obras amigo, con el que gustaba conversar cuando tenía ocasión de recalar en aquella zona. Ahora pagaba las consecuencias el camionero -charlatán muy ocasional- y sufría; sufría subiendo el puerto lentamente, con la mínima visibilidad posible, conduciendo con los cinco sentidos y aun cuando era una carretera secundaria conocida, su trazado tortuoso la hacía peligrosa siempre. La lluvia fina y los lienzos de niebla cada vez más densos eran el motivo de su sufrimiento, bien es cierto que incrementado por el riesgo añadido de un firme irregular, estrecho, con badenes y peraltes descompensados. La inercia del vehículo en marcha y la elevada carga que todavía transportaba -12 toneladas- hacían el resto.
 
Al llegar a la cumbre decidió el camionero medroso descansar un rato en una zona adecuada para aparcar, junto a una vieja venta solitaria, abandonada hacía ya muchos años, pero que servía a sus intereses pues sólo quería parar para revisar el estado de la carga y los sistemas de frenado ya que la bajada podía ser más peligrosa. Tuvo suerte y al tiempo que salía de la carlinga, parece ser que se abrieron claros en la tupida atmósfera montañesa. Dio el visto bueno a lo que pretendía: calderines de frenado, cubiertas, manómetros y carga. Se comió un bocadillo que llevaba de reserva y paseó por la zona aledaña, incluso de internó en la fronda de hayas de aquel paraje. No era un acto involuntario, o de simple curiosidad; era casi un rito del que ya había olvidado fechas de antigüedad. Bien, puede que llevara cuatro o cinco años haciendo servicios de transporte hasta Cabuérniga y, aunque estos eran intermitentes, nunca olvidaba pasar por allí, con deseos de descansar pero también para visitar este hayedo. Desde la vieja venta se adivinaba una pequeña senda, en dirección nordeste, por donde se internaba Quirce solitario, con intención de llegar hasta un claro y sentarse en la yerba fresca, apoyando su cuerpo en una roca plana - a modo de respaldo anatómico perfecto- y encender un habanos, saborear su aroma y relajarse.

 

Cumplió con tal rito también hoy, a sabiendas de que se mojaba, de que el ambiente era más hostil que en otras ocasiones, pero saboreó el tabaco, cuyo humo exhalaba lentamente, elevándose despacio, como si pesara, mezclándose con el aire condensado de humedad, que lo aprisionaba. Cerró los ojos brevemente, para acercarse con detenimiento al entorno: era consciente del leve rumor de las hojas al moverse por efecto de un ligero viento; vientos del sur, de la meseta, normales en la zona, cuando al atardecer, la temperatura disminuye poco a poco. De la profundidad del valle le llegaban percusiones muy rítmicas, traqueteos persistentes de invisibles picapinos, perforando viejos troncos secos de algunos robles, con el instinto natural que guía a estas aves, preludio de una primavera inevitable que es consigna para iniciar los nuevos nidos. Poco más percibía el camionero en cuanto a ruidos, pues él sólo perseguía el silencio; el silencio de la montaña, la monotonía que otorga la ausencia de ruidos. Aún había más y hoy se acentuaba: el aire. Sí, el aire era húmedo, pero traía otros aromas -ya no había humo- a tierra mojada, a humus vegetativo que se transforma, que crea riqueza, nueva vida y produce un olor especial, de lugar virgen, apenas hollado por unos pocos caminantes que se internan en la zona. Es un aroma a madera mojada, a resinas, a ámbar milenario que se mezcla con las hojas secas, con la yerba húmeda; es olor a limpio, en definitiva. No abre los ojos Quirce para elevarlos hacia el cielo; no hay cielo hoy, oculto por los grises sucios de nubes pertinaces, pero sabe de sobra el tono, las gamas de azules del cielo montañés. Le gusta el azul celeste que divisa en la cresta del puerto, como si tuviera influencias del color marino, no muy lejano, del Cantábrico.
 
 

Su rito -es un descanso, al fin y al cabo- siempre acaba al levantarse; continúa el camino de regreso hacia el camión y se para unos instantes, junto a el haya más majestuosa del conjunto. Acaricia su fuste, con suavidad, intentando robar la legendaria soledad de este enorme ejemplar, sentir el latir a través de su corteza, imaginar la visión panorámica que se puede contemplar desde su altura. Hay algo enigmático en este árbol, con ramas planas, pero muy altas -inalcanzables-, protegidas por brotes verdes de miles de hojas, arrugadas aún, iniciando el nuevo vestido de este año. Se apoya en las grandes raíces, retorcidas, que dibujan siluetas y oquedades infinitas; son agujeros y cubiles que dan vida y protegen a la pequeña fauna de estos parajes; invitan a fijarse en ellas, tan grandes, tan largas, sinuosas y en lucha permanente por conseguir salir del suelo, volar en libertad imposible, mezclarse y comunicarse entre ellas mismas, haciendo caso omiso a su origen, a su pertenencia distinta. Sí, las hayas crecen solitarias, distanciadas por una métrica matemática, pero su razón de ser, las raíces, se hermanan en permanente entrelazado.
 


Quirce regresa, guiado por la propia senda, subiendo y acomodando sus pasos por los perfectos escalones que conforman las raíces de las hayas; echa una última mirada a varios ejemplares jóvenes y los acaricia también, para sentir la corteza lisa, húmeda y brillante. Aprieta los líquenes que van creciendo en la zona norte de los troncos -son como esponjas- para que destilen agua, que Quirce recoge en sus manos, para refrescar su rostro cansado y continuar el camino.

Baja con atención el puerto, en dirección sur, hacia zonas más pobladas, las que conforman la región campurriana. La tarde cambia, apreciándose mejores claros y ausencia de nieblas, pero el día -invariable- se agota y deberá buscar lugar para pernoctar. No se sorprende, pues sabe sobradamente, cual es su lugar preferido de acampada. Ha salido a la N-611 y la ruta se hace cómoda y rápida; su intención es llegar a la desviación de Nogales del Pisuerga, para terminar la jornada. La última recta ya indica su cobijo, pues hay una elevada chimenea que expele humo en abundancia, preludio o hito que anuncia la posada.

– ¡Lobo Quirce!..., ¿Qué demonios haces por estos andurriales?
– ¿Hay habitación libre?..., Tasio.
– Joder, qué preguntas haces, Quirce… Hay ocho tráileres y 3 rígidos; estaremos como piojos en costura, pero tú no, seguro. Lo sabes de sobra, Lobo.

Revisó el recién llegado su vehículo, cerciorándose de controles y cierres; cogió la documentación de carga y el macuto con su ropa de cambio y algunos cachivaches personales y caminó hacia la entrada del motel de carretera. Apenas saludo con la cabeza a algunos parroquianos presentes; el camionero Quirce era parco en palabras y solía hablar con la mirada, algunos gestos indolentes, seguidos de movimientos precisos de sus manos. No, no solía pararse a cambiar impresiones, salvo las clásicas de las circunstancias de la ruta, de la carretera, del clima. Eran solidarios los conductores y siempre se comunicaban los posibles problemas de las vías por las que transitaban, pero hoy, la meteorología no daba para muchos comentarios, pues era evidente que el tiempo cambiaba para bien de todos, ya hacia el sur meseteño, como para la cornisa cantábrica y sus puertos de montaña.


 

No estaba la mesonera allí para recibirle, pero Celia en seguida le entregó una llave, la de la habitación alta y solitaria que se encontraba en la segunda planta, orientada a la solana, desde donde podía observar las colinas alternas -testigos separados de la huella horadada por el río Pisuerga-, algunos prados, el huerto de Felisa y los corrales. Echó una cabezada Quirce en su habitáculo, se duchó y adecentó un poco su figura -lo cierto es que poco, ya que era adusto hasta en la vestimenta-, para bajar al salón-comedor, con intención de cenar caliente las viandas famosas de aquella cocina camionera. Saludó a varios colegas que iniciaban su penúltima tarea, la de saciar el apetito, para después, dormir en la tranquilidad de aquel mesón recoleto y familiar, tan al gusto de la grey que componía Quirce y sus colegas. Había calor humano, cordialidad, y un refuerzo añadido en la chimenea, donde crepitaban varios troncos de rebollo, pues incluso en primavera, al caer la noche, la montaña palentina era fría, a veces, demasiado fría. Solía situarse el lobo Quirce en la mesa lejana de un rincón con buena cristalera, desde donde divisaba la ribera del río, la pequeña chopera que guiaba el cauce, un rústico puente que era la salida natural del pueblo hacia el mesón, hacia la carretera y allí comió, bebió un buen rioja que reservaba la propietaria para determinadas ocasiones, y Quirce descansó un rato, en espera del suculento flan con nata que tenía por costumbre tomar para cerrar su menú carretero.

Llegaba hasta la mesa de Quirce el aroma de té ceilandés que se cocía cerca, al tiempo que crecían murmullos entre los comensales. Nada nuevo bajo la luz tenue del comedor, bajo el calor y el olor que producían los maderos que se quemaban en la gran chimenea del comedor; era lo de siempre, saludos de la compaña a Felisa -furtivas miradas a su rotunda presencia, a sus curvas prodigiosas, a su lucida boca de labios carnosos y atractivos- , la mesonera dueña, que entraba con una bandeja amplia: sus cacharros del té, el café para el Lobo y un platillo con pastas del convento de San Andrés, muy caras y gustosas para el silencioso camionero del rincón, que ahora levantaba la mirada, brillante y audaz, al tiempo que sus cejas enmarcaban otro rito -el de la admiración-, su glotis emitía un rugido amable y cariñoso…, poco más, era la actuación de Quirce ante la llegada de su amiga.

– ¿Un mes…Quirce?, quizás… ¿dos?
– Ya, Felisa… puede que sean dos. He visto el huerto con mucha cizaña. Mañana cogeré la azada y el rastrillo.
– ¿Dónde vas?...
– Llevo mármol travertino para Astorga…, pero me quedaré un día más. Saldré el lunes, para coger la A-231 en Osorno.

Mínima conversación, acompañada por las infusiones calientes que cada uno tomaba a su manera, según su estilo propio. El lobo era así, solitario, mudo las más de las veces, acostumbrado a sus pensamientos en compañía de sí mismo, en la cabina de su camión, ordenando permanentemente sus ideas, sus deseos… sus sueños. Era consciente de su relación con esta mujer, y no dudaba en acudir a su instinto, si la suerte de la ruta, acercaba su destino a aquel castillo agradable, junto al río Pisuerga, en el cálido ambiente del mesón de Nogales. Bebían despacio, con intención de que aquel momento fuera siempre largo, al calor del fuego, al calor de los murmullos familiares de los colegas que terminaban su cena. Su diálogo era silencioso, pues hablaban los ojos, sus miradas profundas, enigmáticas: sabían siempre las respuestas a las preguntas que inquirían sus rostros, las cejas arqueadas, las muecas que formaban sus labios…, conversación entre seres que se amaban, aunque fuera en la distancia de miles de kilómetros de asfalto, de rutas imprevistas, de un clima perturbador, hostil. Olvidaban los adornos de la retórica, apenas hablaban del tiempo, de sus vidas…. Estrechaba con fuerza Quirce la mano de su compañera, mientras se deleitaba fumando un habanos. No, no hablaban con sonidos guturales, era simple química de deseo, de complacencia.

El rito continuaba, y al calor de su regazo, Felisa guardaba un pequeño libro, oculto en el mandil blanco, que ahora sacaba, descubría con cuidado. Abría invariablemente éste por cualquier página… y leía:

Ruge el viento montaraz, allí… en el roquedo
Preludio de un tiempo primoroso que ya llega
Se aprecia en el caudal de los regatos frescos
El manto de nieve disminuye…, se va licuando
Al tiempo que en el bosque se amplia el sonido
Es la tarjeta de visita de la primavera […]

El lobo Quirce mira hacia el ventanal; apenas puede apreciar el cuadro exterior, pues la oscuridad se hace patente, pero es una excusa, un pretexto para no mirar a la lectora; simple recurso para hacer trabajar la memoria y recitar hacia el cielo, en la propia intimidad de su cerebro. ¡Claro que conoce estos versos! Son trabajo pasado de otros descansos carreteros allí, junto al Pisuerga, al amparo de un castillo querencioso, que administra con cuidado su amiga, la mujer palentina que aquieta su alma, cuando ésta se rebela de tanta soledad, del intimismo permanente de su ruta.

Las largas horas en la carlinga, en cualquier descanso camionero, en los moteles y, especialmente allí, en la montaña campurriana, han conformado unos poemas, que el sutil lobo Quirce ha encuadernado para obsequiar a la soberbia mesonera; fue un regalo especial que no supo entregarle en mano, con verbo personal. Simplemente olvidó un día en el rincón, en aquella que era su mesa predilecta…, abandonado allí, junto a la taza de café vacía, pero que hábilmente dedicó a su amada. Por eso ella supo, en seguida, que el olvido no era fortuito, tenía la etiqueta de su nombre y un remite claro, del taciturno camionero que bajaba al valle del Pisuerga… de tarde en tarde.

Abandonaron el salón los últimos, tras la lectura suave de unas páginas; Felisa guardó con cuidado el librillo en el blanco delantal. Pasaron la noche juntos, en la limpia alcoba reservada a Quirce…, enrollando sus cuerpos, lamiendo sus aromas salinos, respirando, jadeando, entre dentelladas del lobo a los senos entrañables de la jefa de manada, a los potentes glúteos de esta loba, caricias, mordidas selectivas a los lomos, al cuello de Felisa. Quirce no se transforma; ya es un cánido atrevido, bien en la jauría de camioneros, o para el amor que profesa a la mesonera. Noche impregnada de aromas, sensaciones profundas en la estrecha habitación de aquel mesón de carretera. Descanso y silencio al final de otra aventura.

Quirce despierta tarde. Lo siente al percibir el calor solar que empieza a inundar la madera del suelo, en aquella habitación. Está solo; su compañera de manada hace tiempo que ha huido, pues tiene trabajo en el castillo. Hay que organizar el desayuno de la grey, limpiezas y programas hosteleros. Tiene un suculento desayuno preparado y lo aprovecha, allí mismo, sin salir de su pequeño cubil. Cogió nuevas fuerzas, energía, para bajar más tarde al corral, donde trabajó duro, hasta la llamada a la cocina. Lo cierto es que limpió el huerto, drenó los canales de riego, podó ramas de algunos árboles frutales y se aplicó en fabricar tierra abonada - quintal y medio, aproximadamente- para la ampliación que proyectaba su compañera. También proveyó la leñera, un poco exhausta tras el invierno, ejercitándose con un par de hachas que afiló cuidadosamente, para trabajar una docena de troncos medianos de quejigos, ahí preparados y bien secos.

Era un remanso de paz salvaje para Quirce, dosificando sus horas libres entre trabajos, casa y compañera. Dos días que robaba a la monotonía de la infinita carretera, que añadía con devoción a su mochila de satisfacciones. Descanso…, compañía y entendimiento con la mujer trabajadora del mesón. Pocas palabras, apenas unas miradas, el contacto de una mano que le acariciaba el rostro, unos susurros…, un gruñido de satisfacción.

El domingo se levantó el lobo temprano, pues había oído que cerca de su refugio, junto a un camino carretero, hacía días que yacía un viejo jabalí, junto a una tronera, buscando un sitio de resguardo que jamás encontró. De madrugada se deslizó furtivamente entre las sábanas de su camastro, respirando con ansias la fragancia que todavía exhalaba el aire quieto, el olor a mujer palentina impregnaba aún el ambiente. Ese día amaneció antes para él, que se vistió presuroso y en silencio, observando a la hembra, que descansaba en profundo sueño -ahora sola-, mostrando su rostro anguloso y perfecto, remarcado por las negras pestañas, plegadas y quietas, que intentaban dibujar dos segmentos de círculo, espesos, del color de la noche. Sentía el camionero la respiración, el aleteo de las fosas nasales; un ritmo acompasado en el corazón de la dama soñolienta se unía al suyo, a pesar de su marcha inminente. Quizás le hablara poco, pero cuando la veía, convivía con ella esos mínimos días, sentía pasión, enormes deseos de permanecer en aquel lugar recóndito, junto a la carretera N-611.

Cogió la mochila con el material fotográfico y un pequeño hide de lona marrón, con manchas verdes, mimetizado, como la vestimenta del lobo buscón, que se transformaba en fotógrafo paciente y perspicaz. Pegado a los arbustos de ribera, entre dos enormes zarzamoras, acopló su escondrijo y preparó los trípodes y teleobjetivos. Se acercó al animal muerto, para comprobar qué había ocurrido. La posición del jabalí era de tranquilidad, luego no fue muerte violenta, mas bien, agónica, tumbado con las patas recogidas, era un ejemplar grande y viejo; el largo pelaje empezaba a caerse y se encontraba hinchado, luego llevaba allí varios días. Los buitres bajaron probablemente el día anterior y dejaron algunas huellas: la jeta blanda y morruda había desaparecido con los primeros picotazos de las carroñeras. Se veía claramente la huesuda mandíbula y los largos colmillos; también las zonas blandas traseras, como el escroto y el ano, picadas ávidamente por los buitres, buscando las entrañas fáciles.

Se replegó Quirce a su cobijo, rodeado de un silencio pleno, apenas roto por el leve rumor de las aguas del río, ancho en esa zona, también silencioso. Ya podía vislumbrar el sol, tras las lomas cercanas que protegían el pueblo de Nogales y allí permaneció nuestro hombre, dos horas quizás, hasta que un ejemplar grande, vistoso y dominante, aterrizó con cierto estruendo, a unos 30 metros de la carroña. Quirce, tenso, siguió esperando -el buitre se tomaba bien su tiempo-, hasta que la confianza empujó al ave a seguir acercándose a la presa. Por fin, tras media hora, rondaban la carnaza 20 ejemplares, mas sólo estaba cerca, muy cerca, el ejemplar primero -el dominante de la buitrera palentina-, que se decidió a iniciar la comilona. Baile de buitres, gestos, posturas imponentes con las alas desplegadas, gritos y quejidos…, baile ancestral de aves carroñeras. Quirce sudaba, se excitaba y nervioso, tiraba instantáneas encadenadas, hasta gastar los dos carretes que llevaba.

 
 

Los buitres seguían, se alternaban en el selecto picoteo del animal muerto, pero Quirce estaba cansado; fumó un habanos con placer y cerró los ojos. Otro rito, quizás el último de la jornada: el rumor del hayedo, su olor a limpio, la sinuosa carretera secundaria hasta la N-611, la cena en el rincón de un caliente comedor de camioneros, el ritmo cadencioso de varios versos, la fragancia de una mujer, sus cálidos brazos que aún le protegían de miedos infundados -soledad perenne del conductor de mil destinos- al abrigo de su habitación preferida y escogida del motel, un huerto vivo y con futuro, una aventura de muerte para un suido, que era el porvenir de nuevas rapaces carroñeras, señoras del cantil cercano, horadado durante millones de años por el río Pisuerga, escudo protector de aves, animales, aguas que fluyen hacía el sur, plantas y arbolado confiado con ese clima, una mujer cercana y segura, en aquel paraje indómito, que es belleza pura.

Sí, Quirce cierra los ojos, escondido en aquel parapeto de lona, en busca de la última sensación: la lucha rabiosa entre la belleza absoluta de un paisaje agreste y la impronta mágica de una mujer de ojos negros.

                                        
Relato publicado en la revista Solo Camión en dos capítulos: números 201 y 202
Ilustraciones de Llorenç Amer
 

martes, 15 de abril de 2008

QUERENCIAS POR LA N-611



Nueve bobinas de cable secundario. Kilómetros de hilo grueso, serpenteante y sinuoso, como la vieja carretera N-611, desde las brumas marineras de Cantabria mezcladas con cielo gris y tormentoso.


Regresa Quirce hacia la meseta; lo necesita y, además, se lo merece. Vuelve de vacío, lo cual es más grato y ayuda a sus propios intereses. Ya ha currado bien en el aeropuerto, ayudando a la descarga de los gigantes carretes que, en un descuido, te aplastan impávidos, en silencio. Sí, la vuelta es relajada y lenta para este camionero curioso. Se recrea contemplando las campas verdes que tapizan El Pozazal y el Alto Campoo.


Marcha en paralelo al milenario cauce del río Pisuerga. Decide detenerse en la antigua villa de Aguilar; es territorio palentino.

– ¿Has visto qué atardecer?

– Se refleja el sol sobre las piedras de Santa Cecilia. Viste la iglesia con mantos de oro. ¿No te das cuenta…?

No, no se daba cuenta el interlocutor de este gentil hombre. Bueno, quizás sí, claro. Su viejo Mercedes 1317 no necesitaba contestarle. Le hablaba dándole calidez en la cabina; respondiendo correctamente a sus necesidades en la ruta. Llevándole y trayéndole donde éste quisiera, sin sustos, sin sobresaltos… Llevó la carga en orden y, ahora, le devuelve a él -al Quirce- a origen, para que siga su camino. Eso sí, siempre juntos, hablándose en la intimidad, a la sombra de los viejos muros de la colegiata, hoy; en algún aparcadero improvisado junto al remanso de cualquier río, mañana; al coronar un puerto imposible muchas veces, ampliando las vistas, donde descollan las hayas y los robles centenarios.

Han gozado los dos de tal estampa: La fábrica románica de la colegiata queda atrás, pero se llevan el recuerdo de sus arcos impolutos, de su bello pórtico, del saliente y primoroso campaníl. Hay fotos del recuerdo, y el camión también lo sabe; está allí, inmortalizado.

Pero el sol es imparable. Cae por ley física -rotamos invariables con intención de darle la espalda- para iluminar otras autopistas, vías o carreteras secundarias que guiarán a muchos colegas. Quirce acelera, aprovechando las largas rectas de la suave bajada campurriana. Busca cobijo cercano, junto al río Pisuerga, tras el pronunciado codo de Nogales, mínimo descenso y ¡zas!, refugio legendario en el mesón La Cueva. Cenará pronto las excelentes viandas de aquella posada camionera, paseará un rato junto al río y -seguro-, que atravesará el puente de Las Monjas, con intención de adentrarse en aquel pueblo -Alar del Rey-, buscando el fuerte sabor de un último café en El Paralelo.

El lobo Quirce


Pequeño relato publicado en el número 3 de la revista Truck de junio de 2007, con el título "Un día cualquiera" que he modificado, obviamente, pues ya lo utilicé en otro; lo cierto es que tenemos muchos días cualesquiera y, siempre, habrá algo distinto en ellos. Por eso.


miércoles, 19 de marzo de 2008

LA PRÓXIMA ESCULTURA


LA PRÓXIMA ESCULTURA o
LA PIEDRA DEL LOBO QUIRCE




El Quirce escribiendo en la cabina del camión. Ilustración de Llorenç Amer

Quirce llevaba una semana frenética y la buena ayuda del peruano Incahuanaco no le sosegaba; recibió en marzo un fax desde Nueva Zelanda, donde un viejo amigo le proponía un transporte peculiar. Como era consciente de la dificultad y peligros que entrañaba, fue dando largas al asunto, pensando que tarde o temprano el exiliado neozelandés olvidaría tal encargo, pero el último contacto fue por teléfono y el sagaz camionero no pudo zafarse ni evadirse del encargo. Mendiondo fue un competente capitán de buque mercante, trabajador infatigable y un punto aventurero. En 1971 intervino en una operación de importación en la que su cliente no pudo pagarle ni mercancía ni porte y el marino transfirió en dracmas al consignatario griego el valor en origen de la carga, adjudicándose su propiedad. Antojos de hombre trotamundos, que confía en la suerte como norma, que da valor -aunque lo ignore- a cosas u objetos que le resultan interesantes, evocadoras o simplemente extrañas. No estuvo mucho tiempo la carga en los depósitos del puerto de Santander, pues a las pocas semanas de la compra, la enorme roca se encontraba en una nave que el viejo Mendiondo tenía en el pueblecito de Ampuero. Lo cierto es que él la trajo a España y, además, la compró lícitamente; Quirce recordaba que ya le habló de esa aventura, pues navegó con ella a bordo, amarrada en cubierta, donde soportó una galerna infernal que le incitó a pensar que debía aligerar carga, empezando por la difícil piedra.



Salida de Ampuero que, por cierto, se encontraba en fiestas.




Cantera de mármol típica de Macael




Bloque sin desbastar de mármol.

                      Era una caliza de mármol del pentélico, desgajada de la veta primitiva hacía dos siglos, cuando los bloques se desprendían por métodos irracionales, a través de explosiones incontroladas, que dieron forma a un bloque piramidal, con altura máxima en su vértice superior de 4,67 metros y longitud en base de 5,21 metros, conformando un volumen de 13 metros cúbicos en bruto, sin biselado; no había indicios de que fuera arrancado para un uso civilizado.
 

                        Por su configuración, Quirce tiene que llevarla en una plataforma que se eleva 1,10 metro sobre la calzada, con lo cual, la altitud exacta del transporte es de 5,77 metros a presión conforme de neumáticos. Incahuanaco y Quirce han analizado la ruta metro a metro, desde origen a destino, en dos viajes previos: en turismo y en vehículo pesado, para estudiar la orografía, situación del firme, peraltes, badenes y cualquier otra deficiencia, además de la altura de los 94 pasos elevados por los que discurre su viaje. De ahí la expresión de semana frenética para Quirce y aunque exagere un poco, lo cierto es que para él, una pequeña agitación es ya un temblor, un ligero seísmo se convierte pronto en fuerte terremoto; este camionero cobarde se arruga en seguida.



Carga habitual de un bloque de mármol en plataforma de camión por aculamiento.

                        El pulcro camionero es un poco escritor y anota en un librillo a modo de cuaderno de bitácora los datos de la ruta, incidencias... a veces, pensamientos, impresiones del viaje; también sueños que tiene, que le surgen, a lo largo de miles de kilómetros de ruta carretera, caminos de tiempo y de vivencias, imágenes veloces que convergen en su retina de conductor atento, pero también humano, que distingue entre el negro asfalto y un bello paisaje, entre el traqueteo del motor y el silencio celeste y luminoso de cualquier cielo azul con nubes blancas, que como amigas, le acompañan en la ruta, le entretienen.

                     Y así, su libro de ruta contiene estas anotaciones: Hemos preparado la ruta y disponemos de las autorizaciones de tráfico pertinentes para transporte de mercancías que exceden de dimensiones reglamentarias; las imposiciones significativas de la carta de ruta son relativas a la velocidad máxima, que no debe sobrepasar los 45 kilómetros por hora y la limitación horaria (circular entre la 1 y las 6 horas a.m., o sea, de madrugada) para evitar el tráfico rodado ordinario, luego disponemos de 5 horas diarias para mover esta mole de mármol. Existen 37 puentes con altura inferior a la de nuestro convoy, que deberemos sortear por caminos alternativos. Para un viaje lento de 327 kilómetros, invertiremos 3 días, ya que no podemos mantener velocidades de crucero de 45 kms/hora, además de las condiciones metereológicas, que en algún punto pueden ser adversas.

                        En Ampuero nos ponemos en contacto con un apoderado de Mendiondo, pues éste, hace años que vive en la ciudad neozelandesa de Napier; un retiro de ensueño con balconada a la bahía y al amplio océano Pacífico, donde tiene tiempo sobrado para escribir sus memorias, además de pescar y, sobre todo, gozar de los cuidados y el cariño que le profesa Kairu, su joven compañera de aventuras, también neozelandesa pues nació en la pequeña isla de Pitt. Convenimos con el representante el transporte, emolumentos y verificamos documentación pertinente: certificado de peso -19 toneladas-, la vieja factura de compra que aún conserva, el conocimiento de embarque endosado a su nombre como nuevo propietario, la póliza de seguro que ha contratado y un certificado de origen griego sobre el mármol en cuestión así como otro de calidad, emitido por un instituto geominero griego visado por nuestra embajada en Atenas.



Carga lateral en plataforma de camión Astra


                        La potente máquina elevadora Liebherr deposita con sumo cuidado la carga en la plataforma de nuestro camión. Es un Volvo FM7 6x4 290CV (rígido de 3 ejes y 12 metros de longitud), idóneo para nuestro cometido pues no hay problemas de peso o longitud de carga, si no de altura así como de irregularidad de la mercancía en cuanto a su asiento y equilibrio. Procedemos al bloqueo de la enorme roca por medio de un entramado de cinchas flexibles y cables trenzados de acero; revisamos de nuevo vehículo y carga y nos decidimos a iniciar la marcha. 

                        Son las 3 de la madrugada y llevamos 2 horas de ruta que han transcurrido conforme a lo previsto; mantenemos la velocidad acordada y hemos cubierto 70 kilómetros del viaje. Tras el primer descanso, tomo el control del vehículo y continuamos la marcha, con el inconveniente de que se inicia una fortísima tormenta cuando estamos atravesando el alto sistema montañoso del Cantábrico; nos vemos obligados a detener la marcha en varias ocasiones, además de dos puentes que casi rozamos con la punta superior de nuestra ingente roca debido al ligero alzamiento de la amortiguación tras pasar por baches o badenes ubicados en las entradas de los puentes, donde circulamos casi parados, como deslizándonos sobre el asfalto, evitando todo tipo de vibraciones o saltos. Es una zona de bajada con fuerte pendiente, con cadenas montañosas a ambos lados; el cielo oscuro, encapotado de negras nubes y la fuerte lluvia hacen que la marcha sea tensa y dura, con el sólo aliciente de que estamos a unos pocos kilómetros de nuestra primera parada, pero en un instante, tengo la sensación de que algo golpea la parte baja de la cabina del camión y unos segundos después, cruzan por delante una docena de jabalíes, como envistiendo las ruedas delanteras del vehículo. Freno con fuerza, sobresaltado por el susto o la emoción del encuentro, pero es una zona con firme desequilibrado, con peralte invertido, en una vía estrecha que hace que el camión se deslice en su parte trasera haciendo una barrera que cierra la propia carretera. Bajé del camión nervioso y excitado; comprobé que estaba bien situado para rectificar y continuar la marcha; no vi ningún animal muerto o herido en la calzada; observamos un ligero desplazamiento lateral del bloque de mármol que tendríamos que corregir en la parada inmediata.




Piara de jabalíes en su medio.

                        Fue el descanso más deseado, aunque en la primera jornada sólo pudimos avanzar 130 kilómetros, nos pareció una distancia suficiente. Eran las 6 de la mañana y estacionamos en un motel cercano para comer un poco, y decidimos dormir unas horas. Por la tarde revisamos los aspectos técnicos del camión y fijamos mejor la carga, de acuerdo con la nueva inclinación del bloque sobre la plataforma. Apretamos algunos grados los cables trenzados y sustituimos varias cinchas deterioradas y mojadas para asegurar la carga. Por la noche, después de cenar, decidimos acercarnos al lugar donde nos envistió la jauría, pertrechados de las máquinas de fotos y unos palos. Pudimos comprobar que era una senda muy hollada y transitada por manadas de animales en ruta hacia un bebedero próximo -una charca fangosa- y que cerca de ese punto, cruzaba nuestra carretera; nos adentramos en la montaña, sorteando una tupida maraña de rebollos, pero eran visibles sus marcas en las bases de los troncos, pelados, rotos de ramaje y teñidos de barro, donde rozan sus lomos para limpiarse, aliviarse o despiojarse. Tenía sentido que al anochecer regresaran a su zona de descanso y ramoneo que ya podíamos adivinar, al llegar a un claro del bosquete, donde el suelo estaba hozado, revuelto y con marcas evidentes de encames, esparcidos junto a setos de voluminoso ramaje.



Ilustración de Llorenç Amer de la llegada del Quirce e Incahuanaco al motel.


                        Llovía agua menuda y se iniciaban las primeras brumas pues el aire estaba saturado con tanta humedad. Lo cierto es que nublado, sin luna y con algo de niebla, allí no se veía un carajo y nos parapetamos entre dos robles melojos, de mediano tronco y ramas suficientes para trepar a ellas en caso necesario. Ocultos allí y mimetizados por los oscuros chubasqueros, el peruano y yo nos mirábamos con intención de adivinar quién de los dos tenía más miedo. Nuestra expresión era de terror evidente que se acentuó cuando oímos cierto alboroto en dirección nuestra. Era un zumbido extraño, acompañado de ronquidos y chillidos, explosión de ramas que crujían y un fuerte traqueteo de pezuñas hendidas en la tierra… llegaban ya de regreso. Era pavoroso el ruido que se acercaba hacia nosotros, pero con cierta sangre fría esperamos -yo creo que era el hecho consumado y la determinación de que ya no había posibilidad de abandono- para ver los primeros ejemplares: dos machos enormes con fuertes defensas, que fueron capturados al unísono por nuestras cámaras. Con el fogonazo del flash, los dos jabalíes brincaron lateralmente y se perdieron en la maleza aledaña mientras se producía un ligero caos entre los ejemplares que les seguían, cuatro o cinco hembras y varios jabatos nacidos en el año.



Dos machos de jabalí con su imponente geta.


                        Fue una visión impactante y de gran emoción, que pervivirá en nuestras retinas durante mucho tiempo, especialmente para Incahuanaco, poco acostumbrado a estos animales. Permanecimos quietos como estatuas, durante no sé cuanto tiempo, sin mediar palabra, sin mirarnos, apenas percibiendo el profundo aroma, la atmósfera salvaje que habían dejado en el entorno. Al observar el reloj fuimos conscientes del tiempo invertido en la aventura, que había volado sin control, pues era media noche y debíamos regresar deprisa.

                        Volvimos con tiempo justo para descansar unos minutos e iniciar la ruta, señalada para la una de la madrugada. Transcurrió nuestro segundo día, o mejor dicho, noche, sin contratiempos, salvo un puente imposible de salvar que supuso retroceder 200 metros, para coger un camino alternativo, pero que nos restó media hora del horario prefijado. Hacia las seis de la mañana estacionamos el camión en un aparcamiento espacioso de un motel burgalés y dormimos largo y tendido. Llevábamos dos jornadas y 275 kilómetros, con lo que la del tercer día iba a ser más reducida. En la última jornada, apuramos la marcha máxima de 45 kilómetros a la hora, hasta que determinamos parar para auxiliar a un conductor que nos hacía señas desde la cuneta. Solicitaba nuestra ayuda con muecas y aspavientos, que por cierto nunca he entendido en estos casos, pues te producen más miedo que valor, y, simplemente o no paras, o paras asustado por necesidad.

                      A las 4 de la madrugada y cerca de la desviación hacía el pueblo de destino, paramos de nuevo para descansar y atender una inspección de carga y documentación por parte de la guardia civil. No hubo problemas, pero con tanta parada, llegamos a Aoslos al amanecer, muy cerca de la hora fijada en la autorización de tráfico.






                        Descansamos allí un buen rato y dado que hasta el mediodía no vendría nuestro contacto, decidimos pasear un rato para encontrarnos con un antiguo puente romano que hay cerca de este pueblecito, sobre el río Madarquillos o el arroyo de las Moreras, no recuerdo bien y que conserva parte de la calzada original en sus arranques. Es una bella zona, suave, aunque cerca de las estribaciones del macizo de Ayllón, en el sistema montañoso de Somosierra. Hay mucho terreno forestal y praderas con setos de encinas y jaras pringosas. Observamos el entorno, disfrutamos, descansamos...




Puente antiguo de probable origen romano sobre el río Madarquillos.

                        Regresamos al camión para desmontar la carga de la plataforma y allí quedó, en una espaciosa nave que era, al mismo tiempo, un buen equipado taller de escultura. Lavamos a presión la roca y procedimos, en unión del representante del comprador, a inspeccionar el bloque con minuciosidad, comprobando que no había roturas o fisuras recientes, ocasionadas por el transporte, vibraciones del vehículo o del terreno por donde había transitado.

                        Penetraban unos rayos de luz caliente por la claraboya de la nave, focalizando el bloque como un visor fotográfico, en una especie de acuerdo entre luz y mármol que personalizaban el volumen pétreo: diferentes matices de blanco, con algunas vetas grises y en un extremo, hasta rojas, que me hicieron pensar en las mezclas de mármol del pentélico, con variedades hispanas -¡llevaba tanto tiempo en nuestro suelo! - de blanco macael y travertino rojo, un poco pálido. La amplia nave, el camión incluso, quedaban empequeñecidos con la rotunda presencia de este bloque, ahora brillante, jaspeado de intensos brillos, centelleante, que absorbía en sus finos poros el agua vertida para su limpieza. Se erguía con enorme orgullo, impresionante, como invitando a los presentes a una dura lucha por adquirir una nueva forma: No, no éramos ni Fidias ni Polícleto, ni siquiera Demetrio Poliorcetes, pero no pude reprimir la tentación de acariciar la luz del Ática, pasando mis manos por su accidentada superficie, imaginando ser el experto moldeador de su volumen ahora indefinido, pero que bien se podía transformar en seductora obra de arte.

                        En una gran mesa de trabajo se entreveían varios bocetos: uno, quizá el modelo, representaba la tradición mitológica griega de Laoconte y sus hijos -ahora descubría la similitud del contorno del gran bloque de mármol y su fin- y en otros dibujos se mostraban conjuntos humanos, en disposición parecida, con un centro elevado y protagonista, sobre el que disminuían como en un tejado a dos aguas, otros personajes, inclinados, más pequeños, en actitudes de fragor, de valor infundido de batalla, semejantes a los que pintó Delacroix en 1830 con el título “ La Libertad guiando al pueblo”. Se podía adivinar la intención del artista, la ambición en sus bocetos, ya que para un Laoconte según la adaptación que conocemos del Museo Vaticano, la altura máxima del personaje central es de 2,42 metros, pero nuestro ignorado escultor de Aoslos, disponía de un bloque en el que se podía esculpir un David central, en el conjunto, en tamaño idéntico al que fabricó Miguel Ángel a principios del siglo XVI, con sus 4,10 metros de altura... y todavía sobraba mármol.




Obra escultórica de Laocoonte y sus hijos, aproximadamente del siglo I d.C. de la famosa escuela rodia esculpida por Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas. El poderoso sacerdote troyano y sus hijos son condenados por los dioses a morir estrangulados por serpientes marinas en una larga y trágica agonía.


                        Así terminaba la historia; no había más comentarios en el cuaderno de ruta de Quirce, ni sabemos de esculturas o de artistas que se hayan dado a la luz últimamente con obras de tamaña proporción y que intenten reflejar el espíritu del Ática. Reto imposible, quizá innecesario, pero lo cierto es que a Quirce sí le imaginamos en compañía del peruano, enredados en alguna otra aventura, haciendo fotos, o contemplando un antiguo puente, en cualquier carretera secundaria..., disfrutando del trabajo, al fin y al cabo.
Relato publicado en el número 206 de la revista Solo Camión, bajo el título "La piedra del lobo Quirce" con excelentes fotos de archivo de la revista (muelles, canteras, camiones Astra y máquinas elevadoras) y con ilustraciones de Llorenç Amer. El resto de fotos, del Lobo Quirce.

viernes, 22 de febrero de 2008

UN TRABAJO CUALQUIERA

 
 
 UN TRABAJO CUALQUIERA
 

 
 La meseta de asfalto está cambiante. Llega más luz a la superficie, más claridad y un ligero viento refresca el rostro del lobo Quirce. Sí, la primavera se coló por un resquicio, por un cortavientos de la cabina, sin aviso previo; a hurtadillas. El cánido recuerda otras llegadas de tiempo luminoso, metido de lleno en El Bierzo, quizás. O mejor aún, bajando los puertos foramontanos de Cantabria, mas ahora no. ¡Qué va! Anda angustiado… ¿en primavera?

Llantén, Pie de liebre (Plantago lagopus L.)




Malva moscada, Malvavisco (Malva moscata L.)


Jodido lobo camionero, que cae en trampas inocentes. Aún recuerda la foresta de hayas, de robles melojos…, de otras rutas con amplio firmamento. Una fuerte rapaz planea al viento mientras escudriña en lontananza una presa idónea que llevar al roquedo, que es su nido. ¡Ay, libertad!... ¿Dónde te fuiste?





 

Los ojos ambarinos de este cánido están turbios, más bien tristes, encarcelados en la gran plataforma de asfalto negro, de vientos falsos -turbinas de un airbus, del jumbo de Aerolíneas Argentinas- y ruidos predecibles: rugidos de motores de aeronaves, de máquinas cortadoras, de fresadoras ingentes y barredoras de grava tipo bobcat, de asfaltadoras Vögele, apisonadoras y legión de bañeras que, muy diligentes, aportan cual comida, miles de toneladas de piedra cribada para el firme. La pista gigante de rodadura de Barajas se renueva y allí está el Quirce, como uno más, arrimando el hombro, para que todo salga bien, para que Aena no proteste. Bien, ya lo decía: ¿encerrona?, ¿despiste de camionero? ¡Quién sabe! Pero lo cierto es que está allí, como custodio del agua bendita, necesaria para refrigerar diferente maquinaria que trabaja a destajo. Su último empleo ha sido ese: portar agua en camiones cisterna para la ambiciosa obra del aeropuerto madrileño. Salta del viejo Mercedes 1317 al Renault Premium 320 DCI, pero tiene querencias por ese animal tan querido -ahora quejumbroso y cansino-, el Pegaso Troner 1187, que sirve a sus intereses, que aporta 30 metros cúbicos de líquido a la obra, que es insaciable, que es enorme. Aún ruge con ganas y circula bien, lento y seguro, por las vías preparadas para aviones, con suavidad, deslizándose en caricias permanentes sobre asfalto; levitando diría, si soñar pudiera. Esta vieja joya del transporte: le llaman Troner, pero…, tengo dudas. Me quedo con el sobrenombre de Cabina cuadrada, fabricado ahí mismo, muy cerca del aeropuerto. Ya, ya lo sé: el modelo 1187/10 de Pegaso es un 8x2 de 306 CV y caja de cambios Fuller 9 que se puso en venta allá por el año 1978. Bien, pues eso. Lo cierto es que todavía sirve y me sirve a mí.








Gordolobo (Verbascum pulverulentum Vill.)


Lleva un mes el lobo encerrado en vías del aeropuerto. No puede más; está enjaulado. Sube a la atalaya del abuelo y lo mueve para cargar el líquido elemento. Poco más hace ese día: evacuar agua por múltiples mangueras acopladas a la cuba. ¡Está triste! Es cierto. Mitiga, como puede, el aburrimiento, las ansias de ganar horizonte en cualquier vehículo; mas no puede. Rígido allí, junto al asfalto, se asemeja al pobre aguador pintado por Velázquez.



Aciano negro (Centaurea nigra subsp. rivularis)




Amapola común (Papaver rhoeas L.)




Cardo mariano (Sylibum marianum (L.) Gaertn.)




Cuernecillo (Lotus corniculatus subsp. corniculatus)

Acude a los descansos reglamentarios y descubre pasiones ya olvidadas. Hay vida tras la cabina; hay mucha vida acotada entre las pistas de rodadura y de despegue. Hay vida multicolor… Ha bajado de un salto el viejo lobo Quirce. Cámara en ristre, camina y salta. Se agacha, se endereza, para luego seguir a gatas, como un niño, el caminar rápido de una escolopendra de patas amarillas. El lobo se excita, aunque sólo sea para apresar al miriápodo en su cámara. Sí, hay vida a ras de suelo en las manchas verdes del aeropuerto. Quirce claudica ante la primavera: mira el cielo azul, husmea el viento y cámara en ristre, hace acopio de vida vascular; la que tiene a sus pies, un poco libre, entre tanto asfalto. Acaricia culandrillo de pozo ¡curioso!, ahí mismo, fuera de tierras silíceas o canchales montañosos. ¿Lengua de ciervo?, puede ser. Hierba de San Roberto, caléndulas, lechetrezna, mercurial y bledo. Hace instantáneas al cardo mariano, a la celidonia amarilla, al diente de león. Arranca de cuajo una liliácea, que es una rica cebolleta picante y la muerde. Son recuerdos, o quizás, reflejos ancestrales de cánido montaraz. Caza en silencio hierba del muro (¿será un endemismo del aeropuerto?) y se recrea en los azules intensos de malvas silvestres, vistosas, exuberantes. ¡Joder!, ya da de sí, la flora minúscula del aeropuerto. Mañana hablaré de la flora leñosa; también de la fauna.



La Merche en el Aeropuerto de Barajas-M

El lobo Quirce

Se corresponde con el relato publicado en la revista "Solo Camión" de este mes -febrero 2008- cuyo texto resulta más ameno, al incorporarse fotos en colorines, de camiones, plantas y florecillas aeroportuarias. Bueno, algo parecido a esto, sí.